jueves, 19 de marzo de 2015

WISLAWA SZYMBORSKA

"Lo reconozco, ciertas palabras
me crean problemas.
Por ejemplo los estados llamados ‘sentimientos’
no consigo hasta ahora explicarlos de forma exacta
Lo mismo con ‘el alma’, palabra-acertijo.
De momento concluyo que es un tipo de niebla,
en teoría más duradera que los organismos mortales.
Sin embargo, mi mayor problema es la palabra ‘soy'.
Tiene la apariencia de una acción común,
realizada de forma general, pero no colectiva,
en un antetiempo presente,
de aspecto imperfectivo,
si bien, como se sabe, ya hace mucho perfectivo”.
Confesiones de una máquina lectora.
Wislawa Szymborska



Quedará para siempre en la memoria literaria este poema de la Nobel polaca definitorio por antonomasia de su propia esencia: la de una mujer de curiosidad ilimitada que se dejaba constantemente sorprender por lo que la vida podía ofrecerle. En la autora eslava confluían sabiduría, sentido del humor y una capacidad ilimitada de sentir, rasgos que se trasladaban naturalmente a sus poemas concitando las emociones de los lectores menos receptivos. Por eso vivimos, Llamando al Yeti, Si acaso, El gran número y Gente en el puente son solo algunas muestras de lo que Wislawa Szymborska era capaz de hacer con las palabras.
Tímida e irónica, gran observadora de la realidad circundante, sabía combinar estas cualidades para dar forma a escritos capaces de resumir las inquietudes que acucian el alma humana. Metáforas de aquellos collages que durante casi cuarenta años elaboró para sorprender a sus amigos con recortes de revistas escogidos al azar. Ella misma era un reflejo de sus poemas: sencilla, discreta, resuelta a permanecer con los pies sobre la tierra. Esa tierra que la vio nacer y de la que se resistía a separarse en cualquier caso. De hecho, rechazaba con frecuencia posibles entrevistas, sobre todo si realizarlas implicaba desplazarse fuera de su ciudad de residencia, Cracovia. «Ya viajaré cuando sea más joven», aseguraba en tono jocoso, dando por zanjada la cuestión. Trataba, en la medida de lo posible, de escapar de los grandes discursos y de la notoriedad. Porque a ella interesaban, ante todo, las acciones. Pero silenciosas. De ahí que solo un año después de su muerte fuese de dominio público el hecho de que donara gran parte de la cantidad recibida como premio por el Nobel obtenido en 1996 a escritores necesitados de ayuda. Así lo revelaba el que fuera su secretario, el joven poeta Michal Rusinek, que además preside la fundación que lleva su nombre. Con todo, alguien sensibilizado con el paso del tiempo, la niñez, el peso de la memoria, los problemas de la época que le había tocado vivir; capaz de emocionar atendiendo a esos pequeños detalles que solo advierten quienes envuelven el mundo en una mirada inquisitiva, no puede pasar desapercibido.

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