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sábado, 13 de abril de 2013

JOSE LUIS SAMPEDRO


 “La vida es un arder y el que no arde no vive”.

Era cercano, amable, y sus grandes ojos se paseaban curiosos de aquí para allá, tomando nota de cuanto acontecía alrededor. Igual que un silencioso búho.

jueves, 25 de octubre de 2012

ESCRITURA DE COMPROMISO


"No se es escritor por haber decidido decir ciertas cosas, sino por haber decidido decirlas de cierta manera".
Jean-Paul Sartre, ¿Qué es la Literatura?

Según el filósofo y escritor francés, el autor debe adquirir un compromiso doble: consigo mismo y con el lector al que se dirige. Poner la pluma al servicio de la comunidad, al objeto de inquietar conciencias. 


La literatura de compromiso ha sido desarrollada por infinidad de autores desde tiempos inmemoriales. De hecho, como la literatura desde sus orígenes ha estado ligada a la realidad y a la experiencia, muchas obras han sido reflejo de la sociedad que las ha visto nacer. De sus inquietudes, de sus pretensiones de mejora. Y esa es la razón de que los textos, a menudo, expresen una necesidad de cambio.


"Comprometidos, lo estamos, aunque involuntariamente […] no es la lucha la que nos hace artistas, sino el arte el que nos obliga a ser luchadores […]. Por ser el mundo como es, estamos comprometidos con él, queramos o no queramos, y somos por naturaleza enemigos de los ídolos abstractos que en él hoy triunfan".
Albert Camus,  El testigo de la libertad.

Pero existe una literatura igualmente válida, igualmente admirable, y es aquella que, dejando al margen cualquier pretensión reivindicativa, tiene como fin básico deleitar. La que despierta ilusión, la que se desarrolla en torno a los sueños.

Ambas pueden ir o no unidas. Pueden caminar en paralelo sin llegar a confluir en un único camino. O bien pueden aunar fuerzas para sacudir al público en sus emociones hasta lo más profundo.


DONAIRE GALANTE

jueves, 11 de octubre de 2012

BARRIO DE SANTA CRUZ


Hoy he descubierto un nuevo amigo. 
En el sitio más insospechado.
Me esperaba, con expresión afable, la mano tendida hacia el frente. Haciendo ademán de alcanzarlo todo, de fundirse con el ambiente sosegado que lo rodeaba.
En silencio, igual que un convidado de piedra, observaba cuanto acontecía alrededor con sonrisa complaciente. ¡Qué placer estar aquí!, decían sus ojos.
Me he detenido frente a él, envidiando su suerte. Y después he seguido mi camino hacia el entramado de calles que componen este sevillano barrio.
Los turistas se agolpaban en los rincones más típicos, atentos a las explicaciones de los guías. Disparando a menudo sus cámaras con la esperanza de retener para siempre el recuerdo de un entorno único. Las parejas se abrazaban con idéntica suavidad a como transcurría el tiempo entre naranjos, macetas y geranios.
A cada paso un azulejo, una casa con historia, una huella del flamenco tan presente en aquella y otras partes de la ciudad. Hasta las guitarras se habían confabulado para alborotar el espíritu, salpicando con acordes desgarrados las estrechas callejuelas de la judería.
Todavía en el Patio de Banderas se las sentía latir, dulces y evocadoras como las melodías que entonan sus cuerdas.
Sin pretenderlo terminé mi recorrido frente a mi recién estrenado amigo. Reparé esta vez en la placa bajo sus pies: sólo llevaba allí desde agosto, mientras que yo había tenido años para contemplar la belleza circundante. Y, sin embargo, él podría a partir de ahora deleitarse cada día con el rumor de las fuentes, el revoloteo de las palomas y las acrobacias de los cernícalos primilla. Podría dejarse acunar por el murmullo de los visitantes que se mezcla con esa calma única de sol y arquitectura popular.
Quise ser una estatua y quedarme allí, junto a él, por toda la eternidad, con el único cometido de disfrutar de las vistas del Palacio Arzobispal, la torre de la Giralda y la Catedral.

Donaire Galante

jueves, 13 de septiembre de 2012

MANÍAS DE ESCRITOR. II. TIEMPO DE TRABAJO

El tiempo de trabajo cobra dimensiones insospechadas en lo que a los escritores se refiere. 
Lejos de plantearse un calendario laboral previsible, a imagen y semejanza del resto de profesionales de otros gremios, el escritor se encuentra permanentemente en activo, condicionado por esa lucecita que, en ocasiones caprichosa, se enciende y apaga en su interior sin que él pueda hacer algo por evitarlo.
Muchos hablan de DISCIPLINA como un Dios Todopoderoso que es posible imponer al resto de consideraciones. Y no es falso que el trabajo llama a la inspiración, como bien apuntó Picasso en otros términos. Pero también es cierto que sería demasiado optimista afirmar que, en todo caso, ésta depende de la organización y el orden. Porque la constancia sólo puede dar réditos en la medida en que el trabajo resulta productivo. 
Uno puede sentarse durante horas en un escritorio, frente al portátil, o pasear el lápiz sobre el folio con la ilusión de que las ideas se materialicen, convirtiéndose en perfectas líneas de una sensacional novela. Pero ni el escenario más propicio ni el aislamiento más absoluto conforman garantía de un buen trabajo. 
Y el escritor precisa como nadie, además de trabajar, que el fruto de su actividad tenga un valor. 
Si está falto de pilas, por mucho que se empeñe en combinar el negro sobre el blanco, no obtendrá más que renglones torcidos con los que alimentar las papeleras de su habitación. 
Sólo en un período floreciente será capaz de llevar a buen puerto cualquier proyecto que emprenda. 
Esto es lo que hace que, a priori, resulte complicado establecer una rutina. Porque en el momento en que la historia se apodera del autor éste deja de habitar su piel para trasladarse al interior de su creación. Desaparecerán los horarios, los calendarios; cualquier momento del día, sin medida, incluido el sueño, el autor se verá perseguido por sus propios personajes. Se sentirá parte de la historia, hasta el punto de respirar a través de ella. Cada objeto dejará de ser parte de la realidad para convertirse en un potencial elemento a incluir en su obra. 
A partir de ese momento, la identidad del escritor se diluye hasta fundirse con la ficción. Necesitará anotar una idea, una palabra, una frase que, de otro modo, se perdería para siempre; y esa obsesión lo empujará a saltar de la cama en plena noche, igual que un enfermo, para correr al otro extremo de la casa donde le esperará su fiel libreta, esa que es testigo de sus desmanes y sus trasnoches.
Donaire Galante

lunes, 6 de agosto de 2012

LA TRILOGÍA DE NUEVA YORK


“Quinn se quedó paralizado. Ahora no podía hacer nada que no fuese una equivocación. Cualquiera que fuera su elección –y tenía que elegir- sería arbitraria, una sumisión al azar. La incertidumbre le perseguiría hasta el final”.

Un mundo propio de personalidades encontradas, investigaciones abiertas e identidades perdidas. Así es el universo que Paul Auster concreta en
La Trilogía de Nueva York.
Es La Trilogía de Nueva York un texto que destaca por su excelencia. Se trata de una obra compleja, que mezcla la intriga con el análisis psicológico o el ensayo con el estilo periodístico, en tanto nos abre puertas insospechadas hacia otros destinos.

jueves, 7 de junio de 2012

MANÍAS DE ESCRITOR. I. EL LUGAR DE TRABAJO


Dar con el sitio más apropiado para que sobrevenga la inspiración puede convertirse en una tarea más compleja que pretender un verano sin calor.
         Por  lo general, el escritor, aun disciplinado como un oficial de la guardia real inglesa, adolece de ese punto de volubilidad tan característico de los artistas que le empuja, en algunos momentos, a recorrer el mundo en busca de esa oficina perfecta donde dar rienda suelta a su pasión.
         Puede tratarse de una habitación provista con los medios necesarios para acometer su tarea (un portátil, algunos CD’s susceptibles de lograr un fructífero enlace con el imaginario, un buen sillón y una luz adecuada), pero también sirve al efecto cualquier inesperado rincón al aire libre en el que el silencio colabore en el hallazgo de las palabras justas.
         Me complace caminar. Como si el mecanismo mental lograra ponerse en marcha al tiempo que el resto de músculos de mi cuerpo. Vagabundear por la ciudad, sin rumbo fijo, a la caza de ese retiro apto para que la olla entre en ebullición. Dejar pasar la vida alrededor, sin apenas reparar en los detalles, con el único objetivo de localizar EL SITIO con letras mayúsculas, ESE LUGAR PERFECTO para establecer comunicación directa con el universo de las ideas.
         Como en todo, hay para todos los gustos: existen escritores de mesa, silla y ordenador; los hay que requieren de un encierro absoluto para reconciliarse con su fantasía. 
Otros, en cambio, preferimos el contacto con el exterior y dejarnos sorprender por ese lugar que, aun sin saberlo, nos esperaba, listo para acogernos en su seno como una madre abnegada.

DONAIRE GALANTE

jueves, 26 de abril de 2012

LA SOLEDAD, UN BIEN INFRAVALORADO


La soledad  es un bien infravalorado. Tiene mala reputación, y eso contribuye a que con sólo presentirla a la mayoría de los seres humanos se les erice el vello de la nuca. Es demasiado a menudo contemplada desde una perspectiva negativa, como si se tratara de un fantasma que amenaza con caer sobre nosotros en cualquier momento, envolviéndonos en un aura de tristeza y pesimismo.

Por supuesto que no puede negarse la carga que supone para aquellos que, obligados por las circunstancias personales o sociales, se ven abocados a ella. Aquellos para quienes vivir aislados del resto no ha sido una decisión tomada de manera voluntaria y llegan a padecer los síntomas de una soledad impuesta sufriendo ansiedad, miedo, angustia o desesperación.

Pero como cada cosa en la vida, bien administrada y gestionada la soledad resulta un patrimonio de valor incalculable. Que se lo digan, si no, a una madre de familia numerosa, al camarero de una discoteca de moda, o a uno de esos corredores de bolsa sometido a largas jornadas de cotizaciones.

Me gusta estar solo. Caminar sin rumbo fijo, perdido en mis cavilaciones. Reflexionar sentado frente a un agradable paisaje, dejando que la brisa alborote mis cabellos. Entrar en contacto con el tibio sol, permitiéndole que me caliente los huesos y recibiendo una dosis de vitamina D. O tumbarme bajo la hechicera luz de luna, imaginando cuántos antes que yo habrán tratado de hacer recuento de las estrellas.

Me complace ese momento único en que las palabras sobran. Basta fundirse con la vida que nos rodea, mirar hacia el interior, para encontrar esa paz que con demasiada frecuencia se nos va de las manos. Es fácil que de ese silencio escogido brote un diálogo mudo en que un solo interlocutor se lo dice todo.
DONAIRE GALANTE

sábado, 4 de febrero de 2012

LA ECONOMÍA DE LAS PALABRAS


«Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo»
Miguel de Cervantes Saavedra

            Ya lo apuntaba el celebrado genio de las letras: está sobrevalorado el abuso de la palabra. Y es que son demasiados los que las malgastan.

            Si miramos alrededor comprobaremos que abundan los discursos copiosos, de oratoria fácil pero pobres en contenido a la postre.

            Subestiman nuestra inteligencia quienes abusan de nuestro tiempo cargándolo de frases llenas de humo. No hace falta adornar el mensaje que queremos transmitir con pomposas expresiones y enumeraciones vanas destinadas a confundir más que a comunicar.

            Es como tratar de ponerle un velo al sol. Nuestro público, curtido en impostura y falsedades, no lo agradecerá. Y si resiste la provocación lo hará ejercitando el autocontrol y dando una lección ejemplar de buenos modales. Pero nunca por interés.

            Hay algo mucho más importante que saber qué decir, y es aprender a callar cuando las circunstancias lo requieren. No aburrir, evitar lo innecesario y, sobre todo, ser breve, seleccionar con minuciosidad las palabras. Trabajar, en definitiva, con la precisión de un cirujano. Estas son algunas de las claves del éxito de cualquier disertación.

            Como decía aquel famoso proverbio árabe, “no abras los labios si no estás seguro de que lo que vas a decir es más hermoso que el silencio”. Amén.