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viernes, 20 de febrero de 2015

AMOR


La noche en que me disfracé de angelito no tuve tanta suerte como esperaba. Tú me habías advertido que aquel atuendo no casaba con mi personalidad. Pero ya sabes lo terco que soy, y cuando algo se me mete en la cabeza no hay dios que me impida llevarlo a término.
Como aquella vez que trepé hasta tu cama envuelto en una piel de león, y a punto estuve de devorarte, y después me puse el traje de curandero para sanarte las heridas que el león te había infligido a base de zarpazos y dentelladas.
Tú llorabas y suplicabas que te dejara ir, así que tuve que desprenderme de la ropa para recordarte que no podía ser, porque soy tu marido.

Aquella noche había querido repetir con el disfraz de borracho. La emprendí a golpes con una farola, para que vieras lo bien que me metía en mi papel. Pero, en lugar de felicitarme, tú me rogabas que abandonara ese juego.
Y, mira que, por darte el gusto, me coloqué la túnica y las alitas. Pero cuando me asomé a la ventana sentí la violencia del viento que me empujaba, arrojando mi cuerpo al vacío hasta dar con los huesos en el asfalto. Tú estabas en la ventana y sonreías.

viernes, 12 de diciembre de 2014

AZUL

He visto un pájaro en ese pedazo de azul que es el cielo. Justo en el trozo que encuadran mis ojos cuando me tumbo sobre la hierba y fijo la mirada arriba. Descubrir lo que acontece en esa perspectiva me complace. Una nube que se aleja espoleada por el viento, un avión que en su camino deja una estela de espuma blanca atravesando el infinito. Y aves. Muchas aves que de modo intermitente se cruzan. Solitarias o en bandadas, animales que simbolizan la libertad y la vida natural, despertando mis anhelos.
Sueño con ser como ellas, imagino que me uno a su peregrinación y con esta idea me quedo dormido sobre la hierba húmeda. Después, cuando despierto, recuerdo que más abajo me espera el lago, ese otro pedazo de azul que tampoco me resulta indiferente. Fantaseo con convertirme en un pez. Recorrer el lago de parte a parte, dejarme acariciar por la frescura del agua, bucear. ¡Si aquellas barcas no estuvieran! ¡Si nada perturbara la vista del lago, su quietud! Pienso en cómo sería fundirse con la naturaleza, hacernos una sola cosa ella y yo.
Avanzo unos pasos hasta alcanzar el borde del precipicio. Ahora o nunca. Debo resolver sin demora. Calculo que he de planear unos metros, los suficientes para superar la zona de barcas. Después podré hundirme con comodidad en el agua. Ser libre.
Y me lanzo. Mi cuerpo desnudo se frota contra el viento, Veo las barcas, y al fondo las casas que sirven de vivienda a los pescadores. Más arriba el cielo. Mi cielo. Ese pedazo de azul donde fijo la vista cada día, estimulando los sentidos. Muevo los brazos, los agito a la velocidad de un aeroplano. Observo satisfecho cómo se van transformando en alas. Alas que me dirigen hacia destinos insospechados.
Azul. Alrededor todo es azul. Mi mundo es azul. Desde arriba observo con satisfacción la sorpresa que ha generado mi metamorfosis entre los pescadores. Me observan, porque envidian mi nueva condición. Todos sueñan con ser pájaros. Como yo lo soy ahora. Luego devuelven sus miradas al agua donde un cuerpo caído desde arriba yace junto a las barcas. Mientras que yo continúo sobrevolando el azul del cielo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

LA VENDEDORA DE BESOS


El puesto más visitado del mercado durante aquel verano resultaba, sin lugar a dudas, el de los besos. Tanto que ya se disparaban en las quinielas las apuestas a favor de Flor, la hija de la dueña, como ganadora del honroso título de mejor vendedora del año.

            Flor servía su mercancía de lunes a domingo, desde que salía el sol hasta la caída de la tarde: besos de diferentes sabores, de colores impensables, incluso de olores varios. Tenía besos personalizados según el destinatario: besos para galanes incorregibles, besos para jovencitos desaforados y para tímidos imposibles. Besos para chicas inexpertas y besos para maduras amas de casa a la caza de sensaciones nuevas.

           
Despachaba también besos de padre, de abuela, de amigo o de simple conocido, besos de mascota, besos de mar, de viento y de sol; también besos de distinta velocidad, desde muy rápidos a los más lentos del mundo, besos que eran como suaves caricias que apenas rozaban el rostro y besos profundos, largos e inolvidables como una noche bajo las estrellas. Besos, en definitiva, heterogéneos y, en algunos casos, radicalmente opuestos, pero todos igualmente deliciosos.

            Pero lo mejor de la cuestión era el modo en que Flor los servía, pues utilizaba una suerte de tarjetas floridas y perfumadas capaces de robarle a uno el sentido, y ahí es donde, según comentaban los entendidos, radicaba el secreto de su éxito.

            Una tarde de agosto ocurrió algo que cambió el destino de Flor. La chica estaba a punto de cerrar el puesto: aquel día había repartido besos hasta quedarse sin aliento. La habían visitado los dos grupos de escolares cuyos autobuses se habían detenido en el pueblo de camino a la playa. Pilar, la pescadera, y sus dos hijas; Tomás, el capitán de la guardia civil, Rosalinda, la alemana y Antúnez junto a otras dos familias, además de unos cuantos curiosos que, después de combatir las reticencias iniciales, se habían atrevido a tantear el producto.

Un apuesto forastero se dirigió hacia la tienda y la abordó con desparpajo, y su arrojo fue tal que, en menos tiempo del que se tarda en decir mu, le había robado a Flor un beso extraño y precioso, un beso desconocido hasta el momento, uno del que la experta besadora no había dispuesto jamás en su negocio.

            Desde aquel día Flor se vio obligada a colgar en el escaparate un letrero que rezaba “Cerrado por vacaciones” que todavía hoy, treinta años después, sirve para disuadir a los buscadores de besos de su propósito de probar uno de labios de Flor.

           

sábado, 18 de octubre de 2014

DESDE AQUELLA PLAYA

                                         

Anoche soñé con aquella playa donde solíamos pasar los veranos. Atardecía y apenas quedaban unos pocos grupos de personas rezagados sobre la arena, colocados mirando al sol que arrastraba sus últimos rayos en su lento caminar hacia otro día. Más allá cuatro o cinco pescadores se alineaban frente al agua. Con trabajo mantenían la vista al frente luchando contra el deseo de contemplar la puesta de sol que se avecinaba. Del mar escapaba una extraña quietud, aparecía tan compacto y uniforme como un enorme lago helado durante el invierno. No soplaba la brisa ni se oía más sonido que el de mi propio corazón que se agitaba dentro de mi pecho.

De repente el ladrido de un perro irrumpió en medio de aquel ambiente perezoso y Jerry vino hacia mí, tan majestuoso en sus movimientos como siempre y desafiando a la arena blanda que parecía querer tragarse sus patas mientras avanzaba. Detrás venías tú, las mejillas encendidas por la carrera y esa sonrisa torcida de la que jamás te sentiste orgullosa pero que a mí me transportaba al paraíso. Quise ir a tu encuentro pero la misma calma chicha que invadía la playa se había apoderado de mí, así que tuve que conformarme con ver cómo recorrías la distancia que nos separaba conteniendo el aliento.

Estabas a punto de alcanzarme cuando se produjo un gran estruendo: el cielo se tiñó de tonos ocres y anaranjados, igual que aquellos que despiden al sol antes de la llegada de la noche, y sobre mi piel caían unas gotas espesas de una lluvia insólita del color de la sangre. Todos habían desaparecido y tú tampoco estabas. Otra vez te habías ido, otra vez me habías dejado para siempre.

Desperté sobresaltado y tomé entre mis manos la fotografía que nos hicieron el último año que estuvimos en aquel pueblo: la playa todavía seguía allí y yo te contemplaba con mirada soñadora… pero tú ya no sonreías.
 

martes, 27 de agosto de 2013

MANUELA, LA PINTORA DE PAISAJES GRISES

           
 La tarde en que Manuela alcanzó su sueño corría el mes de Agosto y hacía frío de otoño. El mar estaba encrespado y el sol se había perdido en el horizonte, espoleado por la tormenta que se anunciaba ya en forma de viento del Norte.
           
La joven artista alineó sus cuadros sobre las losas de piedra del paseo marítimo. Se sentó a esperar. Unas pocas gotas le bañaron el rostro, pero permaneció impasible. Contempló cómo sus compañeros recogían sus bártulos y comenzaban la retirada sin apenas pestañear. Después aspiró el aire salado, llenándose los pulmones de melancolía añil. El cielo se cubría de grises nubarrones, y Manuela se sintió sacudida por una brisa casi glacial.
            Cuando el primer relámpago encendió el crepúsculo corrió hasta su maletín. Desplegó el último lienzo y lo colocó junto a los otros. La excitación le impidió volverse a sentar, pero se mantuvo a una distancia prudencial hasta que el rayo atravesó la bóveda celeste, ahora ennegrecida por la repentina caída de una noche borrascosa, y descargó su furor sobre la tela, dejando una estela de ardiente naturaleza.

            Satisfecha, reunió todas sus herramientas de trabajo y emprendió el regreso al taller.
DONAIRE GALANTE

jueves, 4 de julio de 2013

CARNE FRESCA

Me pareció de mal gusto que me citara en el McDonald’s, sabiendo como sabe que soy vegetariana convencida. 
A pesar de todo no quise estropearle la cena, de modo que irrumpí en el establecimiento con una de mis mejores sonrisas, aunque el olor a carne quemada me obligaba a hacer grandes esfuerzos por reprimir las arcadas. 
Debía notárseme la incomodidad porque todas las miradas se dirigían hacia mi persona. 
Cuando me empujaron en dirección a la cocina se confirmaron mis peores sospechas. 

De no ser porque se me retorcieron los cuernos habría resultado carne de parrilla para las próximas dos mil hamburguesas.



DONAIRE GALANTE