Dar
con el sitio más apropiado para que sobrevenga la inspiración puede convertirse
en una tarea más compleja que pretender un verano sin calor.
Por lo general, el escritor, aun disciplinado como
un oficial de la guardia real inglesa, adolece de ese punto de volubilidad tan
característico de los artistas que le empuja, en algunos momentos, a recorrer
el mundo en busca de esa oficina perfecta donde dar rienda suelta a su pasión.
Puede tratarse de una habitación provista
con los medios necesarios para acometer su tarea (un portátil, algunos CD’s susceptibles
de lograr un fructífero enlace con el imaginario, un buen sillón y una luz
adecuada), pero también sirve al efecto cualquier inesperado rincón al aire
libre en el que el silencio colabore en el hallazgo de las palabras justas.
Me complace caminar. Como si el
mecanismo mental lograra ponerse en marcha al tiempo que el resto de músculos
de mi cuerpo. Vagabundear por la ciudad, sin rumbo fijo, a la caza de ese retiro
apto para que la olla entre en ebullición. Dejar pasar la vida alrededor, sin
apenas reparar en los detalles, con el único objetivo de localizar EL SITIO con
letras mayúsculas, ESE LUGAR PERFECTO para establecer comunicación directa con el
universo de las ideas.
Como en todo, hay para todos los
gustos: existen escritores de mesa, silla y ordenador; los hay que requieren de
un encierro absoluto para reconciliarse con su fantasía.
Otros, en cambio,
preferimos el contacto con el exterior y dejarnos sorprender por ese lugar que,
aun sin saberlo, nos esperaba, listo para acogernos en su seno como una madre
abnegada.
DONAIRE GALANTE